Cinco segundos en Trípoli

Primera hora de la mañana y suena el teléfono fijo que tengo sobre la mesita de noche. Ese teléfono suena poco. Si suena mientras duermo significa que en dos horas vuelo a un lugar que todavía desconozco. «Good morning Miss Yasmina, this is crew scheduling. You are going to Malta, as you know making a quick stop in Larnaca first. Ah! By the way, on the way back you will be operating on the first flight to Lybia since the civil war started. » «Ok, thank you.» Cuelgo porque en este tipo de llamadas no hay nada más que hablar y me estiro. Pienso. «Genial, ¿eso significa que voy a estar un ratito en Trípoli?».

Cuando perteneces al mundo

Cuando por circunstancias personales o profesionales perteneces al mundo, normalizas que el sistema que decide dónde vas a estar te envíe a lugares donde pocxs quieren ir. Es más, aprovecho este plan al margen de mi voluntad como el privilegio de situarme casi tocando una realidad de la que una joven española podría leer y ver al respecto, pero que no me pertenece. No debería ir allí. Y, sin embargo, a mí me interesó la idea.

Libia había tenido su propia revolución en febrero de 2011. Llevaba violentamente fracturada en dos visiones diferentes de usar el país y la vida de sus ciudadanxs: lxs leales a Gaddafi versus lxs que no. Diálogo para qué te quiero. Asesinado el jefe meses después. Se están matando entre ellxs, desde entonces.

Desconozco la razón exacta, pero parece ser que la guerra civil en este país del Norte de África ha dado un descanso, el país se ha dado una oportunidad para la normalidad, ventilar y vivir, y el aeropuerto de Trípoli acoge vuelos internacionales. Y por Trípoli pasaré.

Cinco segundos en Trípoli
Sí que hubieron fotos, flores y sonrisas. Pero desconozco dónde estarán ahora.

Llegando al shithole

Ya sentada y asegurada de cara al aterrizaje, lo único que hago es observar por la ventana del avión. Estoy llegando paralela a un horizonte de arena y matojos y ese filtro de polvo hostil propio de la nada. Lxs anglosajonxs tienen un término de mal gusto para calificar en que se acaban convirtiendo las zonas de conflicto: estoy llegando a Trípoli, a una ciudad camino de ser un shithole. Un agujero de mierda.

Conforme el avión se va aproximando, la nada donde nada se ve se convierte en una pista de aterrizaje apta pero deteriorada. El escenario está decorado con una puesta en escena de vehículos y agentes con rifles de escolta al recién llegado. No sé quién manda, creo que son milicias que visten, calzan y posan de manera militar. Relajados, vigilantes y garantes de que Trípoli vive y es normal.

En las siguientes dos horas y media recuerdo que tengo que hacer mi trabajo, pero también quiero conocer qué sucede cuando una ciudad aislada en su autodestrucción recibe una visita como la nuestra. Plantan las escaleras, se abren las puertas del Boeing 777 y aparece el personal de tierra de facto. Una mujer y dos hombres. Los hombres se comportan como si nada, pero ella no sigue un esquema de comportamiento rutinario.

De tez morena y unos cuarenta años, se ha recogido su media melena negra con un coletero de colores y viste de la manera más oficiosa que ha podido. La mujer libia se nos presenta con la enorme sonrisa del ¡por fin!, nos ofrece un ramo de flores y un «Welcome to Trípoli». Hay una cámara que nos hace fotos. Nos abraza. No para de moverse ligera de un lado a otro del avión sonriendo. Así es como se debe sentir la vuelta a la vida.

Five, four, three, two, one. Tripoli checked

El alboroto de este especial desembarque cesa, están limpiando la cabina y me asomo a la puerta más cercana a la cabina de lxs pilotos. Todavía quedan dos miembros de la milicia con rifle a los pies de la escalera. Alguien me agarra del antebrazo. Es el First Officer, el compi del Captain. «C’mon, we cannot miss the chance to do some sightseeing in Tripoli. Yallah».

Bajamxs las escaleras hasta situarnos entre los dos milicianos libios con rifle. Deben pensar que adónde van estos dos pinceles. Uno frente al otro, pies oficialmente en suelo libio. El FO abre su palma de la mano derecha y va bajando dedos conforme avanza su propia cuenta atrás: «five, four, three, two, one. Tripoli, checked. Let’s go back upstairs». No puedo evitar reírme en corto de esta simplona sátira a la miseria de una guerra civil, al desinterés que causa una ciudad por haber accedido a autoaniquilarse. Miro a mi alrededor antes de subir y, de verdad, el ambiente se siente como el reposo después del desvarío de agitar muy fuerte.

Embarcan pasajerxs con cara agotada, desinflándose poco a poco en el asiento. Cerramos puertas, aseguramos cabina y salimos de allí. Y este ha sido el viaje más corto de mi vida. Cinco segundos en suelo tripolitano. ¿Puedo contarlo como viaje, no? Ya que he ganado una lección: haber celebrado las dos horas y media de paz y ligereza de la mujer libia.

En 2014 se abre una segunda guerra civil e incluso el mismo aeropuerto es dañado en la que se denomina la Batalla del Aeropuerto de Trípoli en julio de 2014. En el país acogen el suceso como un shock. El aeropuerto de Trípoli era intocable dado que, de forma intermitente, representaba la vida y la normalidad para, entre otrxs muchxs, la mujer libia con el coletero de la alegría. Creo que, a día de hoy, siguen con su candidatura a eterno shithole .

[No te vayas, sigue conmigo]

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